El pueblo está exactamente sobre la divisoria de aguas de los Apeninos: la lluvia que cae de un lado acaba en el Ofanto y llega al Adriático, la que cae del otro baja al Calore Irpino y alcanza, a través del Volturno, el mar Tirreno. Lo llaman el balcón de Irpinia, porque desde las murallas de su castillo derruido la mirada va del macizo del Vulture al Terminio, al Partenio, al Taburno, al Matese y a los montes Daunios; es además el tercer municipio más alto de la provincia de Avellino. En la segunda mitad del siglo once Nusco se convirtió en civitas y en sede episcopal: su primer obispo fue san Amato, nacido aquí, y la catedral conserva sus huesos junto a la Chartula Iudicati de septiembre de 1093, escrita en caracteres longobardos beneventanos. El castillo dio refugio a Guillermo, último duque de Apulia, en 1122, y a Manfredo en 1254.
El más extraño de sus señores fue Nicola de' Giamvilla, llamado Nicoluccio. Como justicia del rey debía recaudar un impuesto extraordinario destinado a reprimir a los bandoleros; decidió en cambio combatirlos sirviéndose de ellos, y ofreció protección en los bosques de su feudo a una banda encabezada por un hombre de Nusco, Mariotto, que se hacía llamar Stella Rossa. Mariotto llegó a ser lo bastante fuerte como para cortar las comunicaciones entre Apulia y Nápoles, y la reina lo hizo ahorcar. El desenlace conmovió a Nicoluccio hasta tal punto que se retiró a un convento agustino con el nombre de fray Giancola, tras ceder el feudo a su hermano, y allí murió en 1404. De Nusco vino, mucho más tarde, Ciriaco De Mita, que fue presidente del Consejo.