En el Faraglione di Fuori vive una lagartija que no existe en ningún otro punto del mundo: la Podarcis siculus coeruleus, azul de la garganta a la cola, pariente cercana de la lagartija campestre del continente de la que se separó cuando la roca se desprendió de la isla. El nombre de los tres peñascos viene del griego faros, faro: en la Antigüedad se encendían de noche grandes hogueras sobre las rocas de la costa para señalar la ruta a los navegantes, y casi con seguridad los faraglioni cumplieron la misma función. La vista que los hizo célebres, pintada en el siglo XIX por Rebell, Dahl, Bierstadt y Haseltine, se gana sin embargo desde tierra, en las terrazas de los Jardines de Augusto.
Qué ver
Cada uno de los tres tiene nombre propio. El Faraglione di Terra, o Stella, es el único que sigue unido a la isla, por un istmo de cuatro metros, y el más alto con 111 metros. En su flanco suroeste se abre una cueva de fractura, la pequeña gruta Azul, así llamada por el verdeazul que toma el agua al filtrar la luz por un umbral sumergido. El Faraglione di Mezzo, de 81 metros, está atravesado de lado a lado por un túnel natural de 58 metros de largo y 13 de alto de media: las barcas entran en él. El Faraglione di Fuori, o Scopolo, alcanza los 104 metros y lo separa del anterior la Saetta, un canal de 8 metros de ancho y 60 de largo. Detrás asoma el escollo del Monacone, con restos de fábrica romana y un nombre que recuerda a las focas monje, desaparecidas de aquí en 1904.
Los Jardines de Augusto son terrazas ajardinadas abiertas en el acantilado por Friedrich Alfred Krupp, el industrial alemán del acero que a principios del siglo XX compró la costa entre la Certosa di San Giacomo y el Castiglione. Se llamaban jardines de Krupp y el ayuntamiento los rebautizó tras la Primera Guerra Mundial en honor del emperador. Hoy reúnen la flora de la isla y abren la mirada sobre 180 grados de panorama, del Monte Solaro a Marina Piccola. Entre los parterres, un monumento a Lenin de 1968 — bloques de mármol superpuestos de cinco metros de altura, firmados por Giacomo Manzù — recuerda la estancia del revolucionario en Capri en 1908. Debajo, tallada en la pared, baja la via Krupp con ocho curvas de herradura, abierta por el propio industrial para llegar deprisa al yate fondeado en Marina Piccola: aprobada el 28 de mayo de 1899 y terminada en la primavera de 1902 según proyecto de Emilio Mäyer.
La visita
Desde la Piazzetta se sube a pie por via Vittorio Emanuele y via Matteotti, diez minutos escasos pasada la Certosa: los jardines cobran una entrada modesta, se recorren en media hora y sus terrazas son casi todas llanas. La via Krupp baja de los jardines a Marina Piccola, pero es una carretera frágil, excavada en una caliza que se deshace: cerrada por un desprendimiento en 1976, reabierta el 30 de junio de 2008 tras las obras de consolidación, desde entonces ha alternado aperturas y cierres según el estado de la pared, así que conviene preguntar allí mismo. Para ver los farallones desde abajo se toma una barca en Marina Grande o en Marina Piccola.
El consejo de la redacción
Nosotros subimos a última hora de la tarde, cuando los grupos ya han vuelto a los transbordadores y el sol llega por la espalda: la roca pasa del gris al naranja en una hora. Y si solo hay tiempo para una cosa, elegid la barca: pasar bajo el arco del Faraglione di Mezzo, con trece metros de bóveda caliza sobre la cabeza, vale más que cualquier fotografía tomada desde arriba.








