El municipio nació el primero de enero de 2019 de la fusión de Tresigallo, que es su sede, y Formignana; el escudo nuevo llegó solo con un decreto de 2024, transcrito después en el libro heráldico del Estado — casi seis años para tener un escudo. El nombre de la capital, en cambio, dice probablemente dónde está: de transcalem, es decir al otro lado del dique, porque durante siglos este territorio quedó encerrado tras el terraplén que al oeste del caserío bajaba hasta el Po, con las valli y los pantanos todo alrededor. En los Estatutos de Ferrara de 1287 Tresigallo aparece como un burgo de pocas casas en una zona rodeada de vastísimos pantanos; su pieve está documentada ya desde el siglo once, y su advocación a san Apolinar revela un origen ligado al exarcado de Rávena. Para ir a Ferrara, hasta 1906 aproximadamente, se tomaba en el dique del Volano una diligencia de un caballo y seis plazas, puntual cada lunes y viernes, que tardaba tres horas y media; durante algunos años hubo también la alternativa de caminar dos kilómetros hasta la esclusa de Valpagliaro y subir al vaporcito Graziella, que tardaba otro tanto.
La historia más notable, sin embargo, es la de un solo hombre, contada por la fuente en dos tiempos. En la segunda mitad del siglo diecinueve, con el gran saneamiento ferrarés, creció aquí con fuerza el jornalerismo, y encontró un gran organizador en un jovencísimo nativo de Tresigallo, Edmondo Rossoni. Años después Rossoni era ministro, y a partir de 1930, por su impulso, el pueblo fue completamente reconstruido con arquitecturas racionalistas, como se hacía entonces con las ciudades de fundación: la colonia post-sanatorial, el hotel Domus Tua, la casa del fascio, los baños públicos, el hotel Italia, la piazza Repubblica. Por eso Tresigallo es la única ciudad de fundación reconocida ciudad de arte, y por las geometrías y los colores de aquellos edificios la llaman la ciudad metafísica. Más antiguo que todo eso está el palacio Pio, levantado con su torre en el siglo dieciséis por los Faruffini y rebautizado al siglo siguiente por el cardenal Carlo Pio. Y un detalle que vale la pena conservar: en el siglo trece el arcipreste de la pieve fue Giovanni da Gaibana, que llegó a ser el renombradísimo calígrafo de la catedral de Padua.