Celleno está sobre un espolón de toba, en medio de las cárcavas de la Teverina, entre el lago de Bolsena y el valle del Tíber. Al sur, en el linde con Viterbo, el torrente ha excavado la hoz del Infernaccio: paredes a pico de más de sesenta metros, una cascada, y un agua tan ferruginosa que en la superficie corre roja sobre el fondo azulado. En la meseta se estaba ya en época etrusca, desde el siglo séptimo antes de Cristo: lo dicen una gran cisterna para el agua, reutilizada en la Edad Media como pozo de desechos, y un ánfora que servía para criar lirones, cosa de un siglo más tardía, guardada en el museo del pueblo. Las necrópolis excavadas en el siglo diecinueve dieron ajuares ricos y las cerámicas etrusco-corintias que los estudiosos llaman Grupo de Celleno. El castillo está documentado desde 1026 y en el siglo dieciséis fue feudo de los Orsini, de quienes lleva todavía el nombre.
Aquel pueblo, sin embargo, ya no existe. El terreno cedía, y tras el terremoto de 1931 se empezó a proyectar el traslado: desde 1935 se construyó Celleno Nuova, en los Poggetti, dos kilómetros más allá. El 24 de diciembre de 1951 el presidente Luigi Einaudi autorizó el traslado forzoso de la población, y el burgo viejo fue después derribado con dinamita, para que nadie volviera a habitarlo. Pocos años antes, en este mismo territorio, las tropas sudafricanas habían librado su primer combate en Italia. De lo que había antes quedan el espolón, el castillo y los hallazgos que las excavaciones han llevado al Museo nacional etrusco de Villa Giulia.