No defendía un puerto ni una ciudad amurallada: la torre levantada en agosto de 1562 sobre la bahía de San Fruttuoso debía proteger un puñado de casas de pescadores y un manantial de agua dulce, el que los monjes de la abadía usaban desde hacía siglos, de las incursiones de los corsarios berberiscos. La construyeron Giovanni, Andrea y Pagano Doria, herederos del almirante Andrea Doria, y la dedicaron a él: cumplían así la cláusula de patronato que el papa Julio III había concedido al viejo almirante en 1551.
Qué ver
La torre es un bloque cuadrado plantado junto a la escalinata empinada que une la abadía con el pueblo de pescadores. En dos fachadas aparece el escudo de los Doria, el águila imperial; otras decoraciones recorren cornisas y ménsulas. La silueta de hoy no es la original: en el siglo XVII el abad Orazio Spinola mandó construir un tejado nuevo, y es el que se ve.
El armamento indica cuánto se temía la amenaza: tres cañones de bronce, una bombarda y 33 mosquetes y arcabuces, por un gasto de 2687 escudos de oro. En el espolón rocoso del extremo occidental de la bahía está además la Torretta, mandada erigir por el Senado de la República de Génova en 1561 por 940 liras: estructura troncopiramidal, dos troneras grandes y dos pequeñas, sitio para ocho soldados y dos smerigli, cañones de pequeño calibre.
La visita
A San Fruttuoso no llega ninguna carretera. Se desembarca del barco — enlaces frecuentes desde Camogli, Recco, Portofino, Santa Margherita Ligure, Rapallo, Chiavari, Lavagna y Sestri Levante, además de una conexión directa con Génova — o se baja a pie por el parque regional de Portofino, desde Portofino Vetta o Portofino Mare: noventa minutos de descenso empinado por ambos senderos. La torre aparece al subir la escalinata desde la playa. El conjunto pertenece al FAI desde 1983, donación de Frank y Orietta Pogson Doria Pamphilj.
El consejo de la redacción
Aconsejamos mirar la torre desde abajo, parándose a media escalinata: desde ahí se lee bien el águila de las dos fachadas y se entiende cómo el tejado del siglo XVII suavizó un edificio pensado para sostener artillería. Conviene además planear la vuelta en uno de los últimos barcos: cuando se van los visitantes de un día, la bahía queda para los pocos que duermen allí y la escalinata vuelve a quedarse en silencio.
