Las obras empezaron hacia 1559 con el dinero de otro pueblo: la recaudación de un impuesto sobre la redacción de documentos, cobrado en Triora, tierra adentro, acabó en la obra de la torre de Riva. Hasta entonces el burgo — que se llamaba Riva di Taggia y era la salida al mar de la vecina Taggia — no tenía defensa alguna, entre otras cosas porque seguía pagando su parte para las murallas de la villa mayor. En 1546 Taggia renunció a esas contribuciones con una condición precisa: que el dinero sirviera para fortificar la costa.
Qué ver
La torre nació como puesto de vigilancia: un ojo en el horizonte, para reconocer las velas que se acercaban y dar la alarma antes de que las barcas tocaran tierra. La obra avanzó muy despacio, pero pocos años después de empezar estaba terminada y en servicio: una fortaleza maciza, desproporcionada frente al tamaño del pueblo que la había querido.
Esa desproporción se explica con la cuenta de las incursiones. Entre 1551 y 1562 los piratas berberiscos desembarcaron cinco veces en esta costa: saqueos, casas incendiadas, habitantes secuestrados. El resultado fue un pueblo vaciado y el abandono del puerto que en el siglo XV, con sus astilleros, había sido el principal fondeadero de Taggia. La torre es lo que queda de aquellos años de miedo.
La visita
Riva Ligure está atravesada por la via Aurelia, que la une con Taggia por un lado y con Santo Stefano al Mare por el otro; los trenes ya no paran aquí desde 2001, cuando la línea Génova-Ventimiglia se trasladó hacia el interior. Sobre el antiguo trazado corre hoy el carril bici de la Riviera, que pasa a pocos metros de la torre. La parada es breve: toda la mole se lee desde la calle, y el casco antiguo con la parroquia de San Maurizio queda a unos minutos a pie.
El consejo de la redacción
Recomendamos llegar en bicicleta y no quedarse solo aquí. Hacia poniente, junto a la desembocadura del Argentina, el área arqueológica de Capo Don ha sacado a la luz los restos de una iglesia paleocristiana de mediados del siglo VI con su baptisterio, cuya pila octogonal se parece a la de Albenga. Torre y excavaciones cuentan dos maneras de vivir esta costa: primero el fondeadero, después el miedo al mar.
