En el portal de entrada hay una lápida que el Offizio di San Giorgio mandó colocar en 1555, terminadas las obras: la última firma de un edificio que lleva muchas. El castillo de Lerici arranca en 1152, cuando Génova compró el promontorio a los señores de Arcola y cerró así el control de las dos orillas del golfo, tras haberse quedado antes con Portovenere en la ribera opuesta. Pisa se lo arrebató tras la batalla naval del Giglio, en 1241, y lo mantuvo quince años; el acta de rendición y entrega perpetua a Génova lleva fecha del 29 de octubre de 1256. Después llegaron los aragoneses en 1426, la revuelta con la que los vecinos se liberaron en 1473, los Médici de Florencia y, todavía en 1814, un choque con un destacamento francés rechazado por un cuerpo expedicionario británico.
Qué ver
La torre pentagonal mide 29 metros de altura y dirige su ángulo agudo hacia el pueblo: en lugar de un frente de defensa ofrece dos, y al pie de los muros no queda ningún punto muerto. Las bandas bicolores de mármol blanco y gris y las cuatro hiladas de arquillos salientes son la firma de los constructores genoveses. En realidad las torres son tres, una dentro de otra: el núcleo más antiguo, el revestimiento que añadieron los pisanos y la camisa exterior con la que Génova lo envolvió todo.
La capilla de Santa Anastasia es lo que más sorprende: gótica, con bóvedas de crucería bien conservadas y la decoración de piedra negra y mármol blanco propia del siglo XIII ligur. La sala rectangular está dividida por un gran arco, el pavimento sube en escalones hacia el altar, bandas claras y oscuras recorren las paredes y en la clave de la bóveda aparece san Jorge. Una inscripción recuerda que Génova recuperó Lerici combatiendo, y lo dice en primera persona, como si hablara la propia fortaleza.
La visita
Se sube a pie desde el casco antiguo, por callejones y escaleras: el castillo ocupa el poggio, la explanada natural en lo alto del pequeño promontorio cortado sobre el mar, y la cuesta es corta pero empinada, sin sombra en las horas centrales. Desde 1998 las salas albergan un museo geopaleontológico, integrado en la red Pangea. Los horarios cambian con la temporada y con los actos que se celebran en los patios: conviene comprobarlos antes de emprender la subida, sobre todo fuera del verano.
El consejo de la redacción
Nosotros subimos a última hora de la tarde y nos quedamos primero en los adarves, antes de entrar en el museo. Desde allí el golfo se lee entero, hasta Portovenere en la orilla de enfrente: las dos puntas que Génova compró con poco más de diez años de diferencia. De un vistazo se entiende por qué dos repúblicas marineras se disputaron un peñasco. El museo funciona bien con niños, pero lo mejor sigue siendo el adarve.
