En 963, un diploma del emperador Otón I de Sajonia menciona el castillo de Trebiano: es la primera prueba escrita de su existencia, aunque la fábrica se remonta al siglo X o a un momento algo anterior. Edificio defensivo y a la vez residencia episcopal en época feudal, ocupa la colina que domina el burgo medieval de Trebiano, hoy pedanía de Arcola, donde el bajo Val di Magra se asoma al mar. Desde allí se vigilaban dos escalas comerciales decisivas: Lerici, usada sobre todo por la República de Génova y por Francia, y San Genesio, hacia La Spezia, eje de los intercambios con la Toscana.
Qué ver
El castillo no tiene ni una sola ventana. En su lugar corren aspilleras largas y estrechas, abiertas en una cortina que alcanza los 20 metros de altura: aquí se miraba afuera, no se asomaba nadie. La planta es cuadrada, o más exactamente subpentagonal, y las cuatro grandes torres de esquina están integradas en la cortina en vez de sobresalir como volúmenes autónomos.
La historia de la propiedad es una historia de frontera. El castillo perteneció primero a la diócesis de Luni, que tenía las tierras feudales entre Liguria y la actual Lunigiana, y sirvió de residencia episcopal: siguió en manos de la diócesis incluso cuando, en 1039, el burgo pasó a los primeros señores de Trebiano, por lo demás cercanos a los obispos de Luni. En el siglo XIII entró en la órbita de la República de Génova. En 1442, durante uno de los muchos vuelcos de la política genovesa, lo conquistó Antonio Biassa, miembro de una familia noble de La Spezia.
La visita
A Trebiano se llega en coche desde el llano de Arcola por una subida estrecha que termina al borde del caserío; el último tramo se hace a pie, por las callejas de piedra que suben entre las casas. No esperemos un recorrido museístico: lo que queda es la máquina defensiva, y la recompensa es la vista sobre el Val di Magra y el mar. Hacen falta zapatos cómodos, porque la pendiente es de verdad y el firme irregular.
El consejo de la redacción
Subimos a última hora de la tarde, cuando la luz rasante excava las aspilleras y el fondo del valle se enciende. Antes, eso sí, miramos el castillo desde abajo, desde el llano: allí se entiende por qué se plantó justo ahí y no en otro sitio, vigilando a la vez el camino, el río y la ruta hacia Lerici. Después reservamos un cuarto de hora para la vuelta exterior de las murallas, la mejor parte de la subida.
