En las fotografías de 1915 aún se veían alrededor del santuario los restos de un castrum romano; la restauración realizada entre 1950 y 1960 los borró. Antes de la iglesia, en la cima del Monte Tirasso, había una torre de vigilancia levantada en la Alta Edad Media por el municipio de Albenga para controlar los valles; junto a ella, según la tradición, marineros y vecinos de Alassio guiados por los benedictinos construyeron en 1100, o más probablemente en 1200, una capilla dedicada a Stella Maris. Las peregrinaciones que subían desde la costa y desde los valles de Merula, Arroscia y Lerrone llevaron a ampliar el pequeño templo en el siglo XVII, reutilizando en parte las piedras de la vieja torre; otras obras se sucedieron entre 1855 y 1898.
Qué ver
La planta es la del siglo XVII: tres naves separadas por pilares laterales. En las paredes cuelgan los exvotos dejados por los fieles en agradecimiento, y la mayoría habla del mar, oficio familiar de medio pueblo. En la capilla de la nave izquierda hay un grupo de madera de la Madonna della Guardia que recuerda la aparición de 1490 en el Monte Figogna, entre Génova y Ceranesi.
Durante la ampliación del siglo XVIII dos massari y notarios de Alassio, Marcellino Brea y Giovanni Battista Rossano, donaron las estatuas de la Virgen y de los ángeles y una imagen de Jesús que asciende al cielo. La bóveda de la nave central la pintó al fresco el genovés Virginio Grana entre 1859 y 1860; en la nave derecha está el órgano de Beniamino Giribaldi. El santuario pertenece a la diócesis de Albenga-Imperia.
La visita
La iglesia se alza a 586 metros sobre el nivel del mar, en el punto más alto de la cresta del Tirasso, y desde allí domina Alassio y todo el golfo: la subida es el precio de las vistas y también la razón por la que los marineros eligieron el lugar. Es un santuario en activo, así que los horarios siguen a los oficios; conviene preguntar en la parroquia antes de ponerse en marcha.
El consejo de la redacción
Aconsejamos dedicar más tiempo a los exvotos que al panorama. Leídos uno tras otro, las tablillas pintadas y las fotografías forman el registro de los naufragios superados por un pueblo que vivió siglos del mar; monseñor Innocente De Ferrari, rector en los años de la restauración, llamaba a este lugar el pulmón espiritual de la iglesia local.
