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anfiteatro romano di Larino

📍 Larino, Molise · 51/100

Hacia el centro de la arena, desplazada al este, se abre una fosa rectangular excavada en la toba, de casi cinco metros de profundidad. En el fondo aparecieron bloques de piedra con un gancho central: contrapesos de un montacargas que subía hasta el suelo de la arena las jaulas de los animales. Ningún otro detalle explica con tanta claridad para qué servía el anfiteatro romano de Larino.

Qué ver

El edificio se levantó en las dos últimas décadas del siglo I por disposición testamentaria de un tal L. Capitone, de rango senatorial: así lo dice una inscripción fragmentaria que estuvo sobre la puerta occidental. Se inauguró bajo Tito, en los años en que, después del anfiteatro Flavio, muchos notables de provincias costeaban edificios parecidos en sus ciudades. El de Larino es de tamaño medio, con un eje mayor de casi 98 metros y uno menor de 80, pero con más de seis mil metros cuadrados de superficie podía albergar a casi once mil espectadores: comparable al de Luceria o Alba Fucens y muy lejos del de Capua.

La fábrica es mixta y se aprecia a simple vista. La arena y las gradas más bajas se tallaron directamente en la arenisca de la ladera, mientras que los órdenes superiores se levantaron con muros de relleno y paramento exterior en opus reticulatum. El suelo de la arena es algo convexo, para que el agua desaguara en el euripo, el canal que la rodea. El muro del podio, de dos metros de altura, iba revestido con losas de caliza cuyo borde superior redondeado hacía de pretil y llevaba los agujeros de la red que protegía al público; detrás se abren cuatro habitaciones pequeñas, los spoliaria, donde se curaba a los gladiadores heridos y se depositaba a los muertos.

La visita

Las fuentes antiguas no mencionan nunca el monumento y durante siglos la discusión giró en falso: en el siglo XVIII Tria ya lo describía desvalijado de sus piedras y creía que la arena era circular. Hubo que esperar a 1851 para que Ambrogio Caraba la levantara como una elipse, con medidas que las excavaciones confirmaron después. Hoy queda encajonado entre la vía férrea y la carretera estatal, en una zona muy edificada en las últimas décadas. Conviene llegar sabiendo que de las gradas no queda nada: se leen la arena, el muro del podio y las cuatro puertas, dos anchas y abovedadas en el eje mayor y dos más estrechas y con peldaños en el menor.

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