Tendida sobre las laderas meridionales del Etna, a seis kilómetros de Catania, Mascalucia fue hasta comienzos de los años setenta un tranquilo lugar de veraneo y un nudo agrícola, y luego absorbió en pocas décadas todo el crecimiento del extrarradio catanés. El nombre viene quizá de la mascalcia, el oficio del herrador: aquí estaban, dicen los historiadores, las tierras regias donde se criaban y se herraban los caballos. Otra hipótesis lo hacía remontar a una aldea donada por Constantino al papa, pero aquella donación, en el siglo quince, Lorenzo Valla demostró que era falsa. La leyenda de la fundación habla en cambio de los Ombri, un pueblo expulsado de la península: su nombre sigue vivo en la contrada Ombra.
Con el volcán, que le dibuja el horizonte, la cuenta sigue abierta. En 1669 la colada sepultó el pueblo, y quien huyó a Catania recibió del senado de la ciudad un pedazo de tierra donde instalarse: junto a los refugiados de Misterbianco fundó allí el barrio del Borgo, que sigue en pie. Quien volvió reconstruyó, y veinticuatro años después el terremoto del Val di Noto le costó cincuenta y tres vidas. En la lava de Mompilieri está el santuario de la Madonna della Sciara, meta de peregrinaciones de toda Sicilia, y dentro del cementerio el templo de Sant'Antonio Abate, más antiguo que los árabes, que en la Edad Media fue de los caballeros de Jerusalén. El pueblo también salió a subasta, en época española, y lo compró un banquero; y sus carbonarios, que se habían llamado Vendita degli Umbri Liberali en recuerdo de los fundadores, izaron la bandera tricolor en el campanario de la iglesia madre.