En Catania el arancino tiene punta: un cono que, dicen en la ciudad, recuerda al Etna, con el ragú y los guisantes escondidos en el arroz al azafrán bajo una corteza de pan rallado frita. Las dos versiones clásicas son al ragú y a la mantequilla, con jamón y mozzarella; las rosticcerie hacen muchas más, del pistacho a la tinta de sepia.
El arroz llegó a Sicilia con la dominación árabe, entre los siglos IX y XI, junto con el azafrán. La primera mención escrita es de 1857, en el diccionario siciliano-italiano de Giuseppe Biundi, que registra «arancinu», en masculino, como un plato dulce de arroz con forma de naranja: el nombre catanés tiene el dialecto de su parte. En 2016 la Accademia della Crusca dictaminó que arancina y arancino son correctos los dos, sin convencer a nadie en Catania.
Se come de pie, caliente, en los bares y rosticcerie de toda la Sicilia oriental, de Mesina a Ragusa. El 13 de diciembre, Santa Lucía, la tradición manda no tocar pan ni pasta y las freidurías fríen desde el amanecer.





