En el dintel del portal corre una inscripción griega que fecha las obras en el año 6680: en el cómputo bizantino, que sitúa el principio del mundo 5508 años antes de Cristo, equivale a 1172. Al lado aparece el nombre de quien dirigió la obra, Gherardo il Franco. El edificio, sin embargo, llevaba medio siglo en pie: se levantó en 1117, después de que el monje basiliano Gerasimo obtuviera de Roger II hombres y medios para refundar el monasterio «in fluvio Agrilea». El acta de donación, en griego y fechada en 1116, se conserva en el Códice Vaticano 8201 y Costantino Lascaris la tradujo al latín en 1478. El terremoto de 1169 debió de dañar a fondo la iglesia; de la restauración posterior ha llegado hasta nosotros casi intacta, mientras que del monasterio quedan cuatro piedras. En 1794 la sede abacial se trasladó a Mesina, la iglesia quedó abandonada y durante décadas sirvió de almacén de aperos; en 1888 se expropió a sus dueños particulares y la restauración de Francesco Valenti la liberó en 1914 de los añadidos barrocos.
Qué ver
Desde fuera parece una fortaleza, y nunca lo fue: las almenas de dientes redondeados son decorativas y el ábside mira al este, como manda la regla. Lo que se queda en la memoria es la policromía de los muros, lograda alternando ladrillo y piedra de lava oscura, con paños levantados en espiga, el opus spicatum de los constructores normandos. El pórtico de entrada se encaja entre dos torres de escalera, la misma solución de las catedrales de Cefalù y Monreale, y la rosca del arco juega con tres colores: piedra clara, piedra oscura y ladrillo.
Por dentro la iglesia mide 20 metros de largo por 11 de ancho y alcanza 17 de alto: pequeña, pero sorprendentemente vertical. Las tres naves normandas se ordenan en tres tramos cuadrados de tradición bizantina; sobre cada grupo de cuatro apoyos arrancan arcos apuntados, enlazados con los muros por nichos de mocárabes de origen islámico que convierten el cuadrado en octógono y sostienen el tambor. Dos cúpulas se alzan en el eje central, una sobre la nave y otra sobre el coro. En el tímpano del portal está grabada una cruz de tipo bizantino.
La visita
La iglesia no está en el pueblo: se encuentra en la aldea de San Pietro, al fondo del valle del Agrò, por debajo de Casalvecchio Siculo. Se llega desde la costa jónica, saliendo en Santa Teresa di Riva o pasando por Sant'Alessio Siculo y remontando el cauce: unos diez kilómetros de carretera estrecha y llena de curvas, un buen cuarto de hora al volante. Se aparca en el arcén, justo por encima del edificio. Dentro basta media hora, pero la apertura no es continua: conviene preguntar en el pueblo o en el ayuntamiento antes de subir, para no hacer el viaje en balde.
El consejo de la redacción
Recomendamos el final de la tarde: con el ábside al este, la fachada mira al oeste y la luz rasante saca cada hilada de ladrillo y de lava, que al mediodía se aplanan. Después subid a Forza d'Agrò, en la loma de enfrente: era el Vicum Agrillae, el pueblo que Roger II entregó en propiedad a los monjes, con la obligación para sus vecinos de llevar dos gallinas a la abadía en Navidad y en Pascua, además del diezmo sobre cabras y cerdos.
