En las tumbas de Monte Finocchito al difunto se le colocaba la cabeza sobre un resalte de roca caliza tallado en el suelo: un detalle mínimo que a los arqueólogos les basta para distinguir esta cultura de todas las demás culturas sículas. El yacimiento ocupa un monte del término de Noto, en el valle del Tellaro, y del poblado de la edad del hierro no queda casi nada salvo los caminos de acceso; quien habla es la necrópolis. Las tres primeras tumbas las vio en 1886 Aldenhoven, en el paraje de Balzo del Lupo; después llegó Paolo Orsi, que a partir de 1893 excavó centenares, 72 en la vertiente sur y 199 en la norte.
Qué ver
Las tumbas son cámaras artificiales excavadas en la pared rocosa, para uno o para varios difuntos, y hoy se abren vacías en la ladera del monte. Orsi encontró además una fortificación: un bastión semicircular unido por una muralla a otro más pequeño, ambos desaparecidos. El monte se unía a la meseta por una silla estrecha, como Pantalica, y eso lo hacía casi inexpugnable. No lejos quedan las rodadas de un camino de carros.
El ajuar, en cambio, se mira en los museos. A la fase más antigua pertenecen fíbulas de arco serpenteante de bronce y de hierro y vajilla sencilla, oinochoai, askoi y cuencos con acanaladuras paralelas o cerámica plumeada. A la fase siguiente, tras el desembarco de los griegos, pertenecen adornos de bronce, collares, anillos y brazaletes, fíbulas de estribo realzadas con ámbar, marfil y hueso, y copas y kotylai de gusto geométrico corintio. El material se reparte entre el museo Paolo Orsi de Siracusa y el museo cívico arqueológico de Noto.
La visita
Digámoslo claro: esto no es un parque arqueológico. No hay taquilla, ni carteles, ni pasarelas, y los terrenos son privados, así que el acceso es difícil y hay que pactarlo. Quien sube lo hace a pie, por caminos de labranza entre olivares y muros de piedra seca, con calzado cerrado y agua encima: en verano, a mediodía, el monte es un horno. La manera sensata de visitarlo es al revés: primero las vitrinas de los dos museos, que devuelven los ajuares completos, y después el monte, donde se entiende por qué aquella gente eligió un sitio tan incómodo.
El consejo de la redacción
Nosotros empezamos por el museo Paolo Orsi de Siracusa, sala tras sala hasta los materiales ibleos, y guardamos dos fechas en la cabeza: la fundación de Siracusa a finales del siglo VIII y el 660 a. C., cuando las colonias griegas suben a los montes Ibleos. Entre esas dos fechas cabe todo el recorrido del Finocchito: primero los sículos retroceden a las alturas, luego comercian con los nuevos vecinos, al final desaparecen.
