La abadía de San Salvatore fue fundada en el siglo octavo por voluntad del rey longobardo Rachis, y la leyenda cuenta que la decisión vino de una aparición: al rey se le habría aparecido la Trinidad en la copa de un árbol, y alrededor de aquel árbol se construyó la cripta. La escena sigue estando en el escudo del municipio. La realidad, como es obvio, era política: un monasterio en las laderas del Amiata servía para proteger y controlar el tráfico por la vía Francígena y para poner en cultivo aquella parte de la Tuscia longobarda, y ya en 750 el noble Erfo, hijo del duque del Friuli, confió al monasterio fortificado el control feudal de los territorios del Amiata hasta el valle del Paglia. Con los siglos el poder de la abadía creció hasta rebasar el Amiata, y alrededor de sus muros creció el burgo. Luego el burgo empezó a recuperar lo que la abadía había tomado: en 1081 los monjes escribían al emperador Enrique IV para denunciar a los Aldobrandeschi, que construían castillos en las tierras de la abadía para usurparlas, y el 14 de julio de 1212 el abad Rolando, con el documento conocido como Costituto badengo, se vio obligado a ceder a los habitantes terrenos y derechos, entre ellos el de elegir a sus propios representantes y a su podestà.
El resto es una larga cesión. En 1228 el papa Gregorio IX confió el monasterio a los cistercienses para levantarlo; en 1265 llegó Siena e impuso un acta de sometimiento, pero no mantuvo el control militar, y el valle del Paglia se volvió tierra de bandidos — un siglo después allí saqueaba Ghino di Tacco. En 1278 los pueblos del valle, algunos de origen etrusco como Callemala y Voltole, fueron abandonados y sus habitantes trasladados aquí arriba, dentro de las murallas. En 1347 la anexión a Siena fue definitiva. El último trozo se lo quedó el pueblo: entre 1782 y 1784 el gran duque de Toscana suprimió el monasterio y privatizó las tierras de la abadía, que fueron compradas por los cabezas de familia del lugar, reunidos a propósito en una sociedad llamada Macchia Faggeta. De esta abadía viene el célebre Codex Amiatinus, del siglo séptimo, hoy en la Biblioteca Laurenziana de Florencia; y aquí se escribió, en 1087, la Postilla Amiatina, considerada uno de los primeros documentos de la lengua vulgar italiana.