Sobre el nombre hay tres hipótesis, y la más convincente se apoya en un argumento que está en otro sitio. La primera lo hace venir del latín abellana, la avellana, por los avellanos que crecían en la zona, y la sostienen documentos de finales del siglo doce que llaman al pueblo Avolano o Avolani. Otra, poco acreditada, saca a relucir unos patronímicos latinos. La tercera se inclina por un origen celta, de Vo-Land, «tierra cerca del río»: y la prueba no está en Volano, está a pocos kilómetros, donde dos aldeas del municipio de Avio se llaman Vo Destro y Vo Sinistro y siguen pegadas al Adigio — mientras que Volano, hasta hace pocos siglos, era lamida por los meandros de ese mismo río. La primera cita del lugar es, en todo caso, antigua: está en Pablo Diácono, en la Historia Langobardorum, y es del 590.
Las dos fiestas mayores de Volano se apoyan en sendas coincidencias, y la fuente las desmonta las dos. La peregrinación a la ermita de Santa Cecilia — una capilla encaramada en una repisa del precipicio rojizo que domina la Vallagarina — se hace el cinco de agosto, fecha fijada por el arcipreste en 1830, y cae el mismo día que el voto de la vecina Rovereto contra el saqueo de los soldados franceses de 1703: la voz anota la coincidencia y la descarta, porque Volano nunca estuvo amenazada. La fiesta llamada Memoriae recuerda en cambio el voto a la Virgen hecho durante la Primera Guerra Mundial, cuando el pueblo temía ser evacuado como Rovereto y no lo fue; pero la fuente añade enseguida que tampoco Villa Lagarina, Nogaredo y Calliano fueron desalojadas, en parte porque el ejército necesitaba una retaguardia organizativa y mano de obra. Queda lo que la gente hace: el desfile de carrozas de carnaval, de los últimos que quedan en el Trentino, con su revista satírica, y los viñedos de Marzemino que han hecho de Volano una ciudad del vino.