Rivoli está a la salida de la Vallagarina, guardando la Chiusa: es el punto en que el camino que baja del norte entra en la llanura italiana, y por aquí ha pasado cualquiera que quisiera ir de Europa al Mediterráneo. Sobre las pistas prehistóricas se puso la vía romana Claudia Augusta, y sobre ésa la carretera imperial de la edad media. En 1154 Federico Barbarroja atravesó la Chiusa di Ceraino, un sitio estrecho y tortuoso hecho a propósito para las emboscadas; al año siguiente, volviendo a Alemania, se encontró allí una revuelta esperándolo, y fue un hombre del lugar, Garzapano, quien le indicó un camino secundario para coger a los enemigos por la espalda. El emperador lo hizo conde de Rivoli y le confió el castillo; los veroneses, que de aquel poder ya tenían bastante, en 1164 asediaron la fortaleza y lo destituyeron. En 1439, en cambio, los venecianos remontaron el Adigio a contracorriente justamente por aquí, para llevar sus naves al lago de Garda.
Lo que ha hecho famoso este nombre en el mundo, sin embargo, es una batalla. El 14 y el 15 de enero de 1797 Napoleón Bonaparte derrotó aquí a los austriacos mandados por Alvinczy: en París la rue de Rivoli lleva el nombre de aquellos dos días, y el mariscal Masséna recibió de ello el título de duque de Rivoli. La posición se tenía desde siempre por un obstáculo formidable — Carlos V y el príncipe Eugenio de Saboya prefirieron rodearla por senderos de montaña antes que atacarla — y todavía en 1848 se combatió aquí entre austriacos y piamonteses. Las marcas más antiguas, sin embargo, están en la roca: en las losas pulidas por el glaciar, en Canale, hay unas cincuenta incisiones comparables a las del Valcamónica, con la diferencia de que aquí el dibujo queda en relieve invertido, porque la caliza disuelta se ha vuelto a solidificar dentro del surco. Y en 1988, en una cantera abandonada, Mauro Cremaschi reconoció una brecha osífera del Cuaternario, con especies de la Europa oriental y un roedor, el Dinaromys allegranzii, la forma más antigua de su género.