Dolcè es un municipio hecho en forma de franja: se alarga unos veinte kilómetros a lo largo del Adigio, desde el límite con el Trentino hasta el punto en que el río sale a la alta llanura, y es el primer municipio veronés de la orilla izquierda. Una forma así no es un capricho de la geografía, es el resultado de una frontera: en Ossenigo pasaba, hasta 1915, el límite con el Imperio austrohúngaro. En medio está la cluse de Ceraino, donde durante unos cientos de metros el río se mete en una garganta que antaño solo podía cruzarse por agua, y allí mismo, a mediados del siglo diecinueve, los austríacos pusieron el fuerte de la Chiusa y, en la ladera del monte Pastello, el fuerte Ceraino. Siguen ahí, abandonados. En la Segunda Guerra Mundial Ceraino y Volargne quedaron casi arrasados por la explosión de un tren alemán cargado de munición, alcanzado por dos cazabombarderos americanos: el primero dio en el tren, el segundo quedó atrapado en la explosión y se estrelló.
El nombre, en cambio, habla de fruta: viene de Dulcetum, es decir un bosque de árboles de fruta dulce, y aparece desde el siglo doce como Dulcei, Dolcei y Dolcedo. El escudo, que el municipio usa sin que conste ningún decreto de concesión, es un pequeño inventario: una colmena de oro con cuatro abejas, un medio vuelo de plata, una pera con dos hojas y un oso negro erguido sobre el verde. Lo más antiguo del territorio es el abrigo Soman, bajo roca, frecuentado desde el epigravetiense al mesolítico, donde se hallaron los restos de una mujer que vivió hacia el 5000 antes de Cristo. Lo más tenaz, en cambio, es una vid: el Enantio, variedad local antiquísima, está entre las pocas que escaparon a la filoxera hace más de cien años, y aquí hay cepas de más de cien años.