El barrio se levantó para poder derribarse en una mañana. Los condes Acquaviva d'Aragona obligaban a sus campesinos a alzar las casas en piedra seca, sin mortero, de modo que los inspectores del virrey español vieran chabolas provisionales y no un caserío nuevo al que cobrar impuestos. De aquella argucia fiscal salieron los 1.030 trulli del rione Monti, el mayor de los dos barrios de Alberobello que la UNESCO inscribió en la lista del patrimonio mundial el 6 de diciembre de 1996.
Qué ver
Ocho calles casi paralelas suben la ladera, y cada casa es un cono de caliza desnuda. El muro perimetral es doble y está montado en seco, grueso como un brazo; la cúpula es una falsa bóveda de anillos concéntricos de chianche que se cierran hasta el pináculo tallado, y por fuera la cubierta es de chiancarelle, lajas finas superpuestas como escamas que despiden el agua sin un gramo de cemento. En muchos tejados hay un signo pintado a la cal: cruces, corazones, lunas, marcas propiciatorias que las familias repasan de generación en generación.
Arriba del todo, en via Monte Pertica, la iglesia de Sant'Antonio repite la forma del trullo a escala monumental: planta de cruz griega, cúpula de veintiún metros, campanario de 18,3 metros con seis campanas desde 2018, decoración interior de Adolfo Ugo Rollo. Se levantó en poco más de un año, entre el 25 de marzo de 1926 y el 10 de mayo de 1927. Más abajo están los Trulli Siamesi, dos conos soldados que comparten pared y se abren a dos calles distintas.
La visita
Se sube desde largo Martellotta, la vía que separa el barrio del centro moderno: allí arrancan las escalinatas, y la vuelta completa, hasta la iglesia y de bajada por una calleja lateral, pide una hora larga. No hay entrada ni horario, porque es un barrio habitado; muchos trulli son tiendas, eso sí, y varios propietarios dejan subir a la azotea a cambio de una compra o de una propina. El empedrado está pulido y en cuesta: mejor con zapato cerrado.
El consejo de la redacción
Subamos a las siete de la mañana, antes de que abran los comercios: las calles están vacías, solo se oyen las persianas y los vencejos, y los conos blancos contra el cielo bajo ya justifican el viaje. Después crucemos al otro lado, a Aia Piccola: 590 trulli, ningún escaparate, ropa tendida y gatos en los escalones. Ahí vive Alberobello de verdad, y ahí se entiende qué era Monti antes del turismo.


