Aquí al lado había una ciudad que pidió y obtuvo ser trasladada. Salapia, fundada por gentes ilirias venidas del otro lado del Adriático, estaba en una pequeña península de la laguna y era una ciudad-estado con gobierno propio, una economía floreciente y su propia moneda; tras la batalla de Cannas se alió con Aníbal, pero seis años más tarde abrió las puertas al cónsul Marcelo y supo defenderse de quien quería recuperarla. Luego vinieron las guerras, el incendio del pretor Cosconio y por fin el agua: la laguna se transformó en un pantano que generaba malaria. Fueron los propios ciudadanos quienes pidieron marcharse, y Hostilio obtuvo el consentimiento del Senado romano para trasladar la ciudad cuatro millas más al sudeste, sobre una pequeña elevación frente al lago: nació así Salapia Romana, que con el tiempo se volvió Salpi. En el siglo cuarto era sede episcopal, y el primer obispo de Apulia del que se tiene noticia cierta es justamente Pardo de Salpi, atestiguado en 314. Federico II hizo de ella uno de sus loca solatiorum, los lugares de recreo donde iba a descansar y a cazar, y allí cerca se hizo construir un palatium.
Trinitapoli, en cambio, nació de un campo regalado. En una parcela donada por un acomodado habitante de Salpi, un tal Moreliano, los monjes benedictinos de la Trinità di Monte Sacro, en el Gargano, hicieron construir una iglesia — la Ecclesia Sancte Trinitatis — y alrededor de ella creció el Casale della Trinità. Mientras Salpi se vaciaba, el casal se llenaba: de los pastores de Abruzo que traían aquí a invernar sus rebaños por las cañadas, y de familias de Schiavoni venidas de los Balcanes, que en la segunda mitad del siglo quince obtuvieron el permiso real para establecerse. Una torre de guardia lo defendía de los piratas; agrietada por los terremotos, fue derribada en el siglo dieciocho, pero se ha quedado en el escudo, coronada por una banderola roja con la cruz de Malta — porque de 1589 a 1798 el casal fue encomienda magistral de los Caballeros de Malta. Y en 1863, ya demasiado grande para su propio nombre, el pueblo pidió a Víctor Manuel II no llamarse más Casal Trinità sino Trinitapoli.