El castillo está allí desde el siglo once y en 1195 acabó en manos de los caballeros teutónicos; hoy alberga el museo arqueológico, y le sienta bien, porque bajo el casco urbano han aparecido enterramientos mesapios. Mesagne era la parada a medio camino entre Oria y el puerto de Brindisi, y por eso la codiciaban todos: hasta Arquitas, el filósofo que gobernaba Tarento, envió contra ella una expedición militar. En el siglo quince el príncipe de Tarento, Giovanni Antonio Orsini del Balzo, amplió el castillo y lo convirtió en residencia, y desde entonces la ciudad creció: calles empedradas, un teatro, un hospital y palacios con portales almohadillados, logias y balaustradas caladas.
Sus iglesias cuentan miedos y suertes por poco. En julio de 1526 la peste llegó también aquí, y la gente se encomendó a un fresco de la Virgen en una capilla medio descubierta junto a la puerta pequeña: pasada la epidemia la reconstruyeron más grande, y es la iglesia de Santa Maria in Betlehem. La iglesia madre, en cambio, se derrumbó sola, el treinta y uno de mayo de 1649, y la rehicieron en diez años; la cara barroca que tiene ahora llegó después del terremoto que devastó Nardò, con los apóstoles alineados en tres órdenes de fachada y, en lo alto, un Cristo que un rayo derribó en el siglo diecinueve. En otra iglesia una noble, Ilaria Falces, dejó un fondo para las dotes de las muchachas que no las tenían. La ciudad, mientras, se extiende en veintidós pedanías.