A siete metros bajo la superficie, tendido sobre un lecho de ocre rojo y mirando al sur, yacía un muchacho de unos quince años: gorro de conchas, adornos de hueso, astas de ciervo trabajadas y una larga hoja de sílex apretada en la mano. Los arqueólogos lo llaman el Príncipe de las Arene Candide. Vivió en el Gravetiense, hace unos 26.000 años, y la herida que lo mató, en el rostro, había sido rellenada con ocre amarillo antes del enterramiento. Salió de esta cueva sobre Finale Ligure, y su tumba es una de las mejor conservadas del Paleolítico en todo el mundo.
Qué ver
La cueva se abre a unos 90 metros sobre el mar, en el borde occidental de la antigua cantera Ghigliazza, dentro del promontorio de la Caprazoppa. Tres grandes bocas orientadas al agua la mantienen seca e iluminada, y por eso se conservaron aquí huesos, conchas y carbones a lo largo de una secuencia que va del Paleolítico superior a la época bizantina. El nombre viene de la duna de arena blanca —arena candida— que estuvo al pie del acantilado hasta los primeros años veinte del siglo pasado; en el pueblo la llamaban también Grotta dei Frati, o Armassa.
El primero en estudiarla fue Arturo Issel, que subió en junio de 1864. Las excavaciones decisivas son, sin embargo, las de Luigi Bernabò Brea, primer superintendente de antigüedades de Liguria, y Luigi Cardini, realizadas entre 1940 y 1942 y luego entre 1948 y 1950 en la zona suroriental: dieron 19 enterramientos paleolíticos, uno de los conjuntos funerarios más grandes que se conocen. Los hallazgos no se quedaron en la cueva: se ven en el Museo Archeologico del Finale, en Finalborgo, en el museo de arqueología ligur de Génova Pegli y en el museo Pigorini de Roma.
La visita
El yacimiento es del Estado; desde 2018 está confiado al Ayuntamiento de Finale Ligure y al Museo Archeologico del Finale, que tras asegurar el recorrido lo reabrió con regularidad al público en julio de 2019. Se entra desde arriba: el sendero sale de Borgio y pide una media hora de camino, cuesta abajo a la ida y cuesta arriba a la vuelta. La visita guiada se reserva, hacen falta botas de montaña y el camino no admite carritos de bebé.
El consejo de la redacción
Hagan cueva y museo el mismo día, en este orden: primero la caverna, hoy sobre todo un gran vacío luminoso abierto al mar, y solo después las vitrinas de Finalborgo. Así se reconocen, detrás del cristal, la hoja y las conchas que uno acaba de imaginar en su sitio, bajo siete metros de tierra.
