San Lorenzo in Campo está hecho con los pedazos de una ciudad muerta. Cuando la romana Suasa fue abandonada, entre los siglos sexto y séptimo, los monjes benedictinos llegados de Sant'Apollinare in Classe construyeron aquí su abadía sobre los restos de un templo de Adonis, y la construyeron con el material de Suasa: los arcos de medio punto se apoyan en columnas de granito gris venidas de Egipto. Al principio se llamaba San Lorenzo in Silvis, es decir en los bosques. Alrededor del monasterio la gente se organizó en un poblado estable sobre el promontorio vecino, que se convirtió en burgo fortificado con murallas, torreones y una fortaleza en lo alto; y hoy, en el palacio que los Della Rovere se hicieron construir bajo aquella fortaleza, está el Museo Arqueológico del Territorio de Suasa. La ciudad que dio las piedras al pueblo ha vuelto dentro del pueblo, en vitrina.
La abadía, elevada a basílica por Pío XII en 1943, tuvo durante siglos un privilegio raro: era vere nullius dioecesis, es decir no dependía de ningún obispo. Lo perdió el 23 de julio de 1836, cuando con la bula Bonum Pastorem Gregorio XVI separó San Lorenzo in Campo y los pueblos vecinos de la abadía para agregarlos a la diócesis de Pérgola: la abadía siguió siéndolo de nombre, pero sin jurisdicción. En el siglo dieciséis el castillo había pasado a los Della Rovere, y el palacio lo hizo construir Giulio della Rovere, ordenado cardenal a los catorce años. En 1797, cuando llegaron las tropas revolucionarias francesas, en el paraje de Ponte Rotto hubo un choque con dos mil soldados, y los franceses, aun siendo más numerosos, llevaron la peor parte. En cuanto al escudo, su imagen más antigua está esculpida en el dintel del archivo del viejo ayuntamiento, con la inscripción «ARCHIVIVM AB ANNO 1643»; durante el fascismo se le añadió el jefe del Lictor, retirado en 1943.