A comienzos del siglo XX el arqueólogo Paolo Orsi sacó a la luz, en las colinas que dominan el valle del río Maroglio, los restos del gran centro de Monte San Mauro: primero indígena y después griego, es el área arqueológica mejor documentada de todo el territorio de Caltagirone. Entre los edificios recuperados hay un anaktoron, y el yacimiento se ha identificado durante mucho tiempo con Euboia, subcolonia de Leontinoi.
Qué ver
El núcleo del yacimiento es el poblado extendido sobre las alturas asomadas al Maroglio, donde las excavaciones han devuelto una zona de viviendas con un espacio de culto y una necrópolis. Entre los restos de edificios destaca un anaktoron, término con el que se designa un edificio monumental de tipo palacial. La ubicación no es casual: desde aquí se controlaba el valle del Maroglio, el río que baja hacia el golfo de Gela, y el asentamiento formaba parte de la red de centros calcidios repartidos por el interior siciliano. Los materiales hablan de una comunidad en contacto comercial con varias ciudades siceliotas: la cercana Gela, pero también Selinunte y Siracusa.
La visita
Monte San Mauro es sobre todo un lugar para leer. Aquí se establecieron con toda probabilidad colonos de procedencia mixta bajo ley calcidia: se instalaron en aldeas sículas ya existentes, quizá conviviendo con sus habitantes, o bien fundaron una colonia desde cero. De ahí la doble identificación que divide a los estudiosos: Euboia, subcolonia de Leontinoi, o un asentamiento bajo el dominio de Gela, en cualquier caso en estrecha relación con el mundo calcidio. El final fue violento: el centro fue destruido casi con seguridad de forma deliberada, y una de las hipótesis lo vincula al avance de Hipócrates hacia la costa jónica, la campaña que lo llevó a conquistar Naxos, Calípoli, Leontinoi, Zancle y Katane.
El consejo de la redacción
San Mauro es una de las contradas meridionales de Caltagirone desde las que se abre el panorama sobre el golfo de Gela: reserva unos minutos para la mirada, además de para las piedras. Es un yacimiento de campo, lejos del centro histórico y de su famosa escalinata, y hay que afrontarlo por lo que es: la memoria de una frontera donde siceliotas y sículos compartieron la misma colina, no un monumento urbano que tachar deprisa.
