Cuando en el siglo diecinueve Fontevivo se convirtió en municipio, tomó como escudo las antiguas armas de la abadía de San Bernardo: el pueblo, es decir, se puso encima el símbolo del edificio alrededor del cual había crecido. Aquella abadía cisterciense se fundó en 1142 como dependencia de Chiaravalle della Colomba, bajo la protección de los marqueses Pallavicino, y desde entonces ha cambiado de oficio tantas veces como se le presentó la ocasión: en 1605 el duque Ranuccio I Farnesio compró el monasterio, en 1733 el duque Carlos de Borbón lo hizo reformar en estilo neoclásico para hacer de él la sede de verano del Colegio de los Nobles de Parma, y en 1987 lo compró el Ayuntamiento, que puso allí un hotel, un restaurante y el pequeño Museo de los Acordeones. La iglesia, mientras tanto, ha seguido siendo iglesia, y dentro conserva una Virgen con el Niño de piedra policroma del siglo doce atribuida a Benedetto Antelami y la losa sepulcral del templario Guidone Pallavicino, muerto en 1301.
Lo mismo, a peor y luego a mejor, le ocurrió a la iglesia de los Capuchinos, que Ranuccio I mandó construir poco después, uniéndola a San Bernardo con una avenida hecha a propósito. En 1805 los decretos napoleónicos cerraron el convento, la iglesia fue desacralizada y vaciada de todo; en 1881 el complejo fue demolido, salvo el templo, que acabó vendido a particulares y usado como almacén; hacia 1980 el Ayuntamiento lo expropió y empezó a recuperarlo, y entre 2007 y 2009 han vuelto a la luz los frescos atribuidos a Cesare Baglioni. En Castelguelfo, al otro lado de la vía Emilia respecto al castillo, se alza en cambio una iglesia románica construida a comienzos del siglo trece por los monjes benedictinos franceses de la abadía de Vézelay, en Borgoña: también el nombre, Santa Maria Maddalena, es el de su casa.