Carini se llamaba Hyccara, y era un emporio junto al mar que frecuentaban los fenicios. En el 415 antes de Cristo Nicias la destruyó con cinco mil atenienses, y sus habitantes fueron vendidos como esclavos en el mercado de Catania: entre ellos una muchacha llamada Laís, que llegaría a ser la hetera más famosa de Corinto. Los supervivientes rehicieron la ciudad lejos del mar, dentro de los bosques, donde hoy está San Nicola. Luego vinieron los cartagineses, que levantaron el muro que aquí siguen llamando Muro di Carini, y los romanos, con las casas de suelos de mosaico y, más tarde, las catacumbas cristianas bajo Villagrazia: Carini fue sede de obispo, y lo sabemos por las cartas de Gregorio Magno.
«Chianci Palermu, chianci Sicilia»: la balada del amargo caso de la baronesa de Carini está entre las páginas más célebres de la poesía popular siciliana, y cuenta a Laura Lanza di Trabia, mujer de Vincenzo La Grua, muerta en el castillo en 1563 — no a manos del marido, sino de su padre, don Cesare Lanza. El castillo se visita todavía, mancha de sangre incluida; la fortaleza la levantó Rodolfo Bonello después de que el conde Roger le diera la baronía en 1072, y el viajero árabe Idrisi la encontró ya en pie. Bajo el casco medieval la llanura de los cítricos baja hacia el golfo. Y más abajo aún está la gruta de Carburangeli, cuatrocientos metros de galerías de donde las excavaciones han sacado huesos de elefantes, osos, hienas, bisontes y ciervos: animales que en Sicilia ya no existen. Las dos mujeres de Carini están a veinte siglos de distancia, y el equipo de voleibol del pueblo sigue llevando el nombre de Laís.