Los Uffizi nacieron como oficinas, y el nombre no esconde nada: en 1560 Cosme I encargó a Giorgio Vasari reunir en un solo edificio en forma de U las trece magistraturas florentinas, hasta entonces repartidas por la ciudad. En 1565, para la boda de su hijo Francesco con Juana de Austria, Vasari levantó en seis meses el corredor elevado que va del Palazzo Vecchio al palacio Pitti cruzando el Arno por encima del Ponte Vecchio. En 1581 Francesco I cerró la logia del último piso y colocó allí su colección, visitable a petición: uno de los primeros museos de Europa. Extinguidos los Medici, en 1737 Ana María Luisa cedió las colecciones a los Lorena con una condición precisa, que se quedaran en Florencia y no se vendieran nunca; los Lorena cumplieron el pacto y Pedro Leopoldo abrió la galería al público en 1769. En 2024 el museo registró 5.294.968 visitantes.
Qué ver
El recorrido arranca con tres Maestà colocadas una frente a otra: las de Cimabue, Duccio di Buoninsegna y Giotto, pintadas entre 1285 y 1310, con pocos años de diferencia, y alineadas a propósito para que se vea cómo cambia en una sola generación la manera de dar peso y volumen a una figura. Siguen el gótico internacional con la Adoración de los Magos de Gentile da Fabriano, de 1423, hecha para el mercader Palla Strozzi, y el primer Renacimiento con la Virgen con el Niño y Santa Ana de Masolino y Masaccio, de 1424, y la Batalla de San Romano de Paolo Uccello, obsesión perspectiva en estado puro.
Las salas 10 a 14, unidas en un solo espacio, guardan la mayor colección del mundo de Sandro Botticelli, con la Primavera y el Nacimiento de Venus: las primeras obras profanas de gran formato del Renacimiento italiano, pintadas para un primo de Lorenzo el Magnífico. Algo más allá, la Anunciación juvenil y la Adoración de los Magos inacabada de Leonardo, el Tondo Doni de Miguel Ángel, de 1504, la Venus de Urbino de Tiziano y cinco tablas de Durero en la sala 20. Al final del recorrido llegan el Baco y la Cabeza de Medusa de Caravaggio, pintada sobre un escudo de madera de parada, y la Judit de Artemisia Gentileschi.
La visita
La entrada está en el Piazzale degli Uffizi, detrás del Palazzo Vecchio; el billete lleva franja horaria y en temporada alta presentarse sin reserva cuesta una hora de cola. El museo cierra los lunes y los últimos turnos de la tarde son los más tranquilos. El recorrido principal ocupa el último piso y continúa en el inferior: verlo con calma pide al menos tres horas, y quien disponga de dos hará bien en elegir con decisión. El Corredor Vasariano se visita aparte, con billete propio.
El consejo de la redacción
A mitad de visita salimos a la terraza sobre la Loggia dei Lanzi, al final del último piso, donde está la cafetería: desde ahí el Palazzo Vecchio parece al alcance de la mano y la cúpula de Brunelleschi cierra la vista al fondo. Es la misma terraza que Francesco I mandó convertir en jardín colgante en 1583 para escuchar música; en la fuentecilla hay una copia del enano Morgante a lomos de un caracol, de Giambologna. Diez minutos allí y las salas siguientes se miran de otra manera.










