Aquí se habla cimbrio, y no es un decir: en el último censo casi siete de cada diez habitantes lo señalaron como lengua propia, y Luserna es el lugar donde esa habla germánica se ha mantenido más viva. Sobre el origen de los cimbrios se contó durante siglos que descendían del pueblo derrotado por Cayo Mario y retirado a estas montañas: una leyenda que hoy desmienten incluso los análisis de ADN. Vinieron en cambio del sur de Alemania hacia el año mil, y eran roturadores, gente capaz de convertir un bosque en un campo.
La primera vez que el pueblo aparece en un documento es por una compraventa: el veinticuatro de enero de 1442 un tal ser Biagio vendió al duque Federico de Habsburgo, aquel al que llamaban el Bolsa Vacía, sus cuatro masías en el monte de Luserna por cincuenta y cinco ducados de oro. A finales del siglo dieciséis el conde Francesco Caldogno, que inspeccionaba las mesetas para Venecia, contaba aquí un centenar de almas. En 1780 los vecinos se separaron de Lavarone tras años de pleitos por los lindes; en 1915 se hallaron en primera línea, entre los fuertes austriacos.
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